2019

SILVANA PESTANA - MOTHER OF GO(L)D























Entre los islotes del gran río amazónico, dicen, apareció flotando la imagen violentada de la Virgen que hoy se venera en Paucartambo. Un resto, dicen, de haciendas y misiones antiguas ––virreinales–– saqueadas por nativos de la selva. Los ojos y los pechos de María, dicen, mostraban aún el impacto hiriente de las flechas. 

Su hallazgo impresionante dio nombre nuevo a las aguas y éstas a la región que desde entonces conocemos como Madre de Dios. Madre, también, de la naturaleza más feraz: sus riberas son consideradas entre las de mayor biodiversidad del planeta.

O al menos así lo eran. En los tiempos últimos las prácticas ecocidas de la extracción ilegal del oro han devastado zonas tan vastas que hoy trastornan incluso la visión satelital: la secuencia angustiante y seductora de imágenes en las que Google Earth describe el arrasamiento de esa floresta como una metástasis áurea. Una necrosis perturbadoramente bella. Mother of Go(l)d, al incisivo decir de Silvana Pestana.

De esta perturbación trata la belleza otra de los cuadros ahora expuestos por ella. Del lujo obsceno, la lujuria casi, extraídos de la tierra agónica.  La Tierra que muere por el Mal que existe pero la hipocresía ignora en consideración de las atribuciones populares asumidas por quienes erigen fortunas arrojando ácidos y azogues sobre parajes que ninguna progresía defiende. Licencias (ideológicas) para matar.

He allí la valentía política de estos cuadros. Su reivindicación radical ––raigal–– de la naturaleza más desprotegida, aquella que los pactos de negación y las demagogias entregan al capitalismo salvaje embozado tras algunos discursos de izquierda ––o tras sus silencios.

Pero además asoma en estas telas, en su abstracción hiperreal de las fotografías aéreas, una tensión poética. Una complejidad y contradicción cifrada en el goce matérico de las grandes superficies pictóricas enteramente recubiertas por acumulaciones cutáneas de pigmentos táctiles, escamosos, acaso reptilianos. El descarte de pieles devueltas a su incondición primera: su descomposición terminal, su mutación primordial, atravesada de connotaciones genésicas y letales. 

Una sensualidad, una sensorialidad paradójica, cuyo refinamiento no elude el simbolismo cromático de tonalidades que alternan entre las sugerencias mercuriales y los dorados asociables también a la pintura sacra. Hasta abismarnos en el negro rotundo de un solo, enorme lienzo sepulcral. Del que, sin embargo, emergen fulgores soterrados. Apenas perceptibles pero actuantes desde la latencia viscosa de sus relumbres velados. El precipitado protozoico y mineral de la exposición entera. 

Hay en este derroche pictórico una maestría que cautiva y una elegancia que inquieta. Como en otras ocasiones he podido señalar, en momentos precisos de la obra de Pestana los sentidos exaltan lo que el sentido denuncia.

En efecto, no es la primera vez que la artífice se sumerge en las aguas turbias de la poiesis incierta. Pero tal vez estemos ahora ante su manifestación más extrema. O desbordada. Como si una pulsión ajena se expresara a través de ella. Así lo sugieren las insinuaciones ofídicas que por momentos adquieren sus texturas térreas. En asociación inconsciente con las marcas de las flechas en la imagen amazónica de la Virgen en Paucartambo. Y con el devenir de los nombres que a ella se asocian: el Madre de Dios fue identificado por los Incas como Amarumayo. 

El Río Serpiente, la sierpe mítica. 

Nada de todo ello era conocido por Silvana.

Semiosis cósmica.

(El azar, no existe).

Gustavo Buntinx